En el 103 aniversario del nacimiento de Evita, el historiador derriba mitos y revela aspectos poco conocidos de sus primeros años en Los Toldos y Junín. Primera parte.

Por Norberto Galasso

POR NORBERTO GALASSO 06-05-2022 | 21:01

Trasladémonos a lo que era la Estancia La Unión, a pocos kilómetros de Los Toldos, a principios del siglo. Allí, un hombre dedicado a actividades agropecuarias, que tenía estancia y un matrimonio legal en Chivilcoy, instala en una rudimentaria casa, que era prácticamente un ambiente, a una concubina que era Doña Juana Ibarguren.

En visitas periódicas que él hace a partir de 1908, con excusas relacionadas con la marcha de un campo que él estaba arreglando en la zona, con Juana Ibarguren va teniendo varias hijas. En 1908 nace la primera, Blanca. Después nacen otras mujeres y un solo varón, que es Juan.

Juana Ibarguren sobrevive allí con bastantes dificultades, con algunos dineros que le acerca su concubino cuando escapa de su mujer de Chivilcoy en viajes periódicos, y además le compra una máquina de coser, de las viejas Singer, con la que ella hace costuras y mantiene una familia en medio de la pobreza, en La Pampa.

Allí, el 7 de mayo de 1919 nace su quinta hija. Ella le pone por nombre Eva María. Después, con el tiempo y como consecuencia de las luchas políticas, habrá alguna biógrafa que dirá que era muy osado por parte de Juana ponerle primero el nombre de Eva, que pasaría por ser la primera pecadora de la historia del mundo, y recién después el nombre de la Virgen María. Lo cierto es que ella es la quinta hija de este concubinato entre Doña Juana Ibarguren y Don Juan Duarte.

Curiosamente, Duarte reconoce la paternidad sobre los primeros cuatro hijos, pero no hay constancia de que haya reconocido como hija a la que después sería Evita. Si uno piensa que en el medio de la Pampa, en una especia de ranchito con escasos recursos, estaba una mujer sola que tenía que mantener a cinco chicos, diríamos que Eva nace con una triple carga en su vida: es hija extramatrimonial, es mujer y es pobre. Las tres son condiciones lógicamente despreciables y humillantes en una sociedad que se está convirtiendo en el granero del mundo. Esto evidentemente va a ser una marca porque, después, ella será la gran defensora de los pobres, recordando más de una vez esa pobreza, esa desigualdad social que predomina en Argentina.

Evita también defenderá la legitimidad de los hijos extramatrimoniales y los derechos de la mujer, en una época en la que eran simplemente usadas para las tareas domésticas, la cocina y la reproducción.

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Nació en lo que sería un recodo de la estancia La Unión, a unos cuatro kilómetros de Los Toldos, en el partido de General Viamonte, hecho que después se elimina cuando Eva se convierte en una gran figura nacional. Porque hay una partida de bautismo donde dice que nació Eva María, hija de Juan Duarte y Juana Ibarguren, pero en el Registro Civil está arrancada la página. Después, se inventará una historia de que nació en 1922, evitando estos aspectos que eran sumamente despreciables para aquella época. Y lo siguen siendo, porque sigue habiendo discriminación por matrimonio, por ser mujer y por ser pobre.

Eva iba a una escuela primaria cercana. Los primeros años concurre especialmente sus hermanos Juan y Erminda. Cátulo Castillo le dedicó una cantata donde le dice: “Tres hermanitas la cuidan/ su ángel la acuna feliz/ María Eva, Eva María/ sonría usted que un jazmín/ ya ha crecido y no hay espinas. / Dios quiere verla dormida. / Tú no sabes todavía/ que las calles hacen mal. / María Eva, Eva María, / cuando crezcas, lo sabrás.”

Allí permanece esos primeros años, hasta que una de las hermanas mayores, Elisa, que trabajaba en el Correo de Los Toldos, es trasladada a Junín. De allí viene que la familia se traslade a Junín, que era una ciudad más importante, un nodo ferroviario donde había una actividad importante de los anarquistas en el gremio ferroviario.

A los 12 años, esta pequeña, delgada, de cabello oscuro, que le gusta recitar y leer revistas de espectáculos toma contacto en Junín con un jovencito, cuyo nombre fue muy difícil ubicar pero sobre el que, finalmente, hubo un consenso de que se llamaba Damián Gómez. Era un militante anarquista del cual, seguramente, Eva escuchó las primeras referencias a lo que era la explotación social, la miseria y el mundo injusto del capitalismo. Se supone que así conoció a Bakunin, o a Marx, o a algunos de los grandes teóricos del anarquismo y el socialismo.

En un momento, la relación se va convirtiendo en un noviazgo, pero el joven anarquista es detenido y trasladado a Buenos Aires. Allí ocurre la siguiente cuestión: generalmente se aduce que Evita se traslada a los 15 años desde Junín a Buenos Aires buscando un destino artístico. Pero hay otra versión que dice que lo hace precisamente porque este muchachito va detenido a una cárcel de Buenos Aires. Más aún, según esta versión -que surge de recuerdos de los vecinos o del mundo que tuvo contacto con ella en Buenos Aires y en Junín-, este muchacho muere apretado por la policía bárbara de la Década Infame.

Así fue como esta chiquilina de 15 años, que tiene un rebeldía estrictamente ligada a la triple humillación sufrida desde su nacimiento, intenta buscar en el mundo artístico un camino y se convierte en una actriz de cierta importancia. Hasta que los acontecimientos en los años 40 le permiten el encuentro con Perón y, después, la convierten en una figura de la historia.

Podríamos resumir lo que es público y notorio para quienes tienen sensibilidad social, con algunas palabras de su confesor, el padre Hernán Benítez. “¡Qué mujer! -decía el padre Benítez- Estaba entregada totalmente a los desposeídos, a los tuberculosos, a todos aquellos enfermos, aquellos que pasaban hambre. Yo estaba al lado de ella y yo, pastor de Cristo, me asombraba de esta actitud de entrega de ella, que era total. Ella lo hacía, no como la aristocracia a que veces entregaba una limosna que era una humillación para la gente pobre, sino que lo hacía de igual a igual, como una hermana. Cuando hacíamos recorridas por barrios pobres, volvía llena de piojos y liendres. Era tremenda su adhesión a los pobres. Era bárbara. Nunca vi nada igual”.

También decía el padre Benítez: “Yo accedí al verdadero cristianismo al lado de Eva Perón. Yo la vi derrochar amor a los necesitados, el amor que redime a la limosna de la carga de injusticia que lleva implícita. Si sus aciertos fueron más o menos que sus errores, habría que discutirlo, pero es evidente que no por sus errores, sino por sus aciertos, el pueblo la amó apasionadamente. Y por esos mismos aciertos, y no por sus errores, la odió la oligarquía, el anti-pueblo.

Ella no comprendía que pudiera apellidarse cristiana una civilización que cada año condena a morir de hambre a ochenta millones de personas, en la que dos tercios padecen desnutrición y el 15 por ciento goza de bienestar frente al resto de la miseria. Incomprensible estado de injusticia social luego de tantos años de predicación del Evangelio. Los Derechos Humanos no eran para Eva Perón un rosario de bonitos apotegmas ni de quiméricos ensueños. La defensa de esos derechos, cuando va de veras, importa un compromiso existencial. Importa una toma de posición. Importa una lucha cotidiana por un orden más justo.

Ella no comprendía cómo podían defender los derechos humanos aquellos oligarcas que usufructuaban los privilegios de la sociedad individualista liberal. La defensa de la vida y los derechos humanos desde una vida fastuosa y  regalada, era completamente inconsistente y no era lo que quería y ansiaba Evita. Su indisimulada enemistad con las castas privilegiadas –  oligarcas, jefes militares y altos prelados – fue constante en ella hasta sus últimos escritos y declaraciones. Esto la marcó y me marcó a mí decididamente a favor de una sociedad mejor, de una sociedad igualitaria.

Volviendo al curso de la vida de Evita, nos encontramos con Evita a los 15 años llegando sin recursos a la gran ciudad, intentando abrirse camino de algún modo u otro en el mundo del espectáculo.

Otro día quizás podamos continuar su historia hasta convertirse en Eva Perón y ser una figura mundialmente reconocida.